Obama y Europa respiran por la muerte de Gadafi, por Joaquín Roy

  En el ya complejo panorama del Oriente Medio y la región árabe, solamente le faltaba a Obama y sus colegas europeos una   captura de Gadafi (por otra parte, esperada). Aunque se asumía que la larga marcha de la oposición y práctica guerra civil acabaría algún día con el apresamiento del dictador en fuga, también se aceptaba como alternativa improbable que terminara por esfumarse, o convertirse en un beduino anónimo, sin que se supiera de su paradero. Se temía, como por fortuna no ha sucedido, que por la energía aplicada en la búsqueda febril de la oposición, el trágico episodio terminara como en Irak: con una réplica del arresto de Sadam Hussein. La muerte del sátrapa representa un respiro para Obama y sus colegas.  

Ahora, la OTAN, que no se olvide es el ente que “declaró” la guerra a Gadafi, ha evitado una patata caliente que, como siempre sucede, le podía caer encima a Obama, que ya tiene problemas suficientes. Estados Unidos debe encarar de vez en cuando tanto las responsabilidades como el control de la organización. Acabada una guerra, ahora empieza la verdadera reconstrucción, no limitada a la reparación de carreteras y apuntalamiento de edificios en semi ruinosos. No cabe duda también que el primer ministro británico Cameron (con tensiones internas) y el presidente francés Sarkozy (padre reciente) sonríen ahora todavía más que cuando desembarcaron en Tripoli para reclamar el mérito por la acción tomada en su momento de apoyar a los rebeldes haciendo imposible las maniobras guerreras del dictador. La relativa limpieza con la que Paris, Londres, Washington y otros aliados modestos europeos (Madrid) trataron la crisis libia, ahora se ha reforzado.

¿Qué hacer con Gadafi, si se le capturaba? Las alternativas eran varias, a cada cual más complicada. Como primera opción, lo lógico hubiera sido que, teniendo en cuenta que las potencias occidentales habían reconocido la legitimidad de la oposición y considerando que ya dominaban todo el territorio libio, el tratamiento judicial del dictador podía quedar como un asunto interno. Ahora bien, esta razonable solución abría otras incógnitas, algunas derivadas de los precedentes, a cada cual más complicada. En el ambiente revoloteaba la experiencia del juicio y ejecución de Sadam Hussein, no exactamente un modelo a imitar. Tampoco resultaba aconsejable dejar las manos libres a los nuevos dirigentes libios, que podían caer en la tentación del mediático juicio de Mubarak, en camilla y enjaulado.

Si, como alternativa, el problema del tratamiento de Gadafi se traspasaba a una instancia de la justicia internacional, entonces el panorama se convertía en todavía más complejo, pues prácticamente no hay precedentes comparables. Aprovechar los precedentes modestos de los culpables del genocidio en las guerras de la antigua Yugoslavia daría nueva fuerza al nuevo sistema judicial de La Haya, pero las dimensiones descomunales del largo régimen libio rebasan los modestos ensayos en los casos de los responsables serbios por las matanzas en Bosnia. No está claro si esa opción es la que más le convenía a Estados Unidos en el caso libio, aunque fuera la más aparentemente justa.

Optar por una solución “pan-árabe”, más allá del contexto puramente libio, abriría unos frentes novedosos en los que cada uno de los actores trataría de recibir beneficios. Pero esa apuesta podía resultar delicada tanto para los nuevos regímenes salidos de la “primavera árabe” como para los sistemas autocráticos de diverso grado desde Arabia Saudita a Marruecos. El nerviosismo mayor de debe notar ya en Siria, donde las similitudes con el caso libio son intrigantes. De ahí que la “solución final” de la muerte de los dictadores, aunque sea en fuga o en combate, es la más deseada.

En cualquier caso, cualquiera que hubiera sido la opción elegida para juzgar y condenar a Gadafi, o a los que le sigan, el verdadero reto todavía lo tienen los nuevos responsables libios, sin líderes identificables (como lamentablemente es el caso egipcio). Una tan larga dictadura de más de cuatro décadas, sostenida por la corrupción y el reparto de favores, es muy difícil de hacer desaparecer debajo de la alfombra mediante una limpieza limitada a la desaparición de Gadafi. Desde los jefecillos de tribus a los empresarios que se repartían las ganancias de los recursos naturales hasta los componentes de las fuerzas de seguridad que constituyeron una especia de SS que garantizó la supervivencia del régimen, hay demasiados responsables que no pueden quedar liberados por la mera muerte del líder.

Finalmente, habrá que meditar en esta ocasión como en las otras (Túnez, Egipto) sobre la también larga, sistemática y contradictoria connivencia de numerosos gobiernos occidentales y notables intereses económicos con la dictadura libia. Desde la vergonzosa recepción de Gadafi en Europa, alojado en su tienda imperial y acompañado por sus guardaespaldas femeninas, hasta las visitas pedigüeñas a Trípoli, el legado europeo deja más que desear. Pero queda ahora la oportunidad de la redención mediante la reconstrucción y apoyo a la democracia.

Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu) .

               

Print Friendly, PDF & Email

Seja o primeiro a comentar

Top