Apuntes para una teoría crítica de la Relaciones Internacionales, por Marcelo Gullo

Estas líneas intentan ser un “pensar desde la periferia”, una tentativa de reflexionar desde nuestro estar y desde nuestro ser latinoamericano. Un pensar las Relaciones Internacionales desde la periferia, convencidos de qué, como sostenía Stanley Hoffmann: “…nacida y formada en Norteamérica, la disciplina de las relaciones internacionales está, por así decirlo, demasiado cerca del fuego” Y que: “…necesita una triple distancia: debería alejarse de lo contemporáneo hacia el pasado; de la perspectiva de una superpotencia (altamente conservadora) hacia la de los débiles y lo revolucionario; alejarse de la imposible búsqueda de la estabilidad; abandonar la ciencia políticas, y retomar el empinado ascenso hacia las altas cumbres que los interrogantes planteados por la filosofía política tradicional significan.”[1]

Nos proponemos estudiar, analíticamente, desde la periferia, las Relaciones Internacionales. Somos consientes que, para analizar el pasado, para comprender los procesos en curso y para proyectar hipótesis sobre el futuro, nos es necesario un apropiado sistema de categorías que no puede ser en un todo –por las razones expuestas por el mismo Hoffmann- el elaborado en los altos centros de excelencia de los países centrales. Es por ello que nuestro objetivo teleológico profundo consiste en la elaboración de unos apuntes que sirvan, luego de un largo proceso de discusión y refutación, a la elaboración de una teoría crítica de las Relaciones Internacionales. A esa tarea nos avocamos en este trabajo. Consideramos preciso aclarar que nuestra postura crítica no implica en general, ni el desconocimiento, ni el rechazo en bloque de la producción intelectual realizada en los países centrales -particularmente la producida  en los Estados Unidos lugar de nacimiento de las Relaciones Internacionales como disciplina de estudio- sino, el análisis crítico de dicha producción intelectual a fin de no aceptar como producción científica  las doctrinas “disfrazadas” de teorías o a las teorías contaminadas por las doctrinas. La necesidad de una postura crítica nos parece tanto más necesaria cuanto que, comúnmente, en los países periféricos, como también destaca Hoffmann, los expertos en Relaciones Internacionales tienden, con demasiada frecuencia, a reflejar más o menos servilmente y con algún retraso, las “modas”  norteamericanas – los debates y las categorías de análisis en boga- y al hacerlo, reflejan, y sirven también, al interés político de los Estados Unidos dada la conexión existente en dicho país entre el mundo académico y el mundo del poder que coloca a gran número de  académicos e investigadores no meramente en los “pasillos” del poder sino también, en la “cocina” del poder.

Debemos aclarar también que, al intentar elaborar estos apuntes para una teoría crítica de las Relaciones Internacionales, somos plenamente consientes de que Raymond Aron demostró, fehacientemente y hace ya muchos años, que ningún teórico de las Relaciones Internacionales podrá, jamás, llegar a la elaboración de leyes generales que hagan posible la predicción y que es poco lo que se puede hacer más allá de tratar de hacer inteligible el campo de análisis, mediante la definición de conceptos básicos, mediante el análisis de configuraciones esenciales y el esbozo de los rasgos permanentes de una lógica constante de comportamiento.

La génesis del sistema internacional

Cuando los continentes comenzaron a interactuar, hace aproximadamente cinco siglos, comenzó a formarse, lentamente, lo que hoy denominamos “sistema internacional”.  En un intento por romper el cerco islámico -que amenazaba con estrangular estratégicamente a los pequeños y divididos reinos cristianos de Europa- Portugal y Castilla, se lanzaron a navegar el Atlántico para llegar al Asia bordeando el poder musulmán. En Eurasia, tribus, reinos e imperios, a través de la guerra y el comercio estaban, desde hacía siglos, en un contacto más o menos intenso, influenciándose de alguna manera, unos a otros.  Sin embargo, hasta el 1521, en un caso, y el 1533, en el otro, dos grandes imperios, el Azteca y el Inca- que en el continente americano habían unificado, por la fuerza, múltiples pueblos y variadas lenguas- no habían sufrido, jamás, la influencia de Eurasia. Aztecas e incas, no sabían de la existencia de Roma, Constantinopla, Damasco, La Meca, o Pekín y no sufrían influencia alguna de los centros de poder euroasiáticos. Sólo a partir de la llegada de Cortés a México y de Pizarro a Perú, puede afirmarse que todas las grandes unidades políticas del mundo integran un mismo sistema, el “sistema mundo” y que, por lo tanto, las acciones de una unidad política influyen siempre, directa o indirectamente, sobre las otras unidades políticas de manera más o menos intensa, dependiendo del grado de vulnerabilidad que posea cada una. [2]

Es en este momento histórico, que nacen, con la Escuela Teológica española – que cuestiona y analiza la legalidad o ilegalidad de la conquista hispánica de América-  las semillas del Derecho Internacional que, después de un arduo proceso histórico, consagrará, en 1945, la Carta de San Francisco, la igualdad jurídica de los Estados y la prohibición de la guerra. Sin embargo, en tanto y en cuanto, el principio de igualdad jurídica de los Estados, proclamado por el Derecho Internacional sea una ficción jurídica, que apenas sirve a fines decorativos, en el escenario internacional, el poder es y será, siempre, la medida de todas las cosas. Los estados no son iguales unos a otros, sencillamente, porque algunos tienen más poder que otros.

La ficción de la igualdad jurídica de los Estados

De la simple observación objetiva del escenario internacional se desprende que la igualdad jurídica de los estados es una ficción, por la sencilla razón de que  unos Estados tienen más poder que otros, lo cual lleva a que el derecho internacional sea una telaraña que atrapa a la mosca más débil pero que deja pasar a la mosca más fuerte.  Los estados existen como sujetos activos del sistema internacional en tanto y en cuanto poseen poder. Solo los estados que poseen poder son capaces de construir su propio destino. Los estados sin poder suficiente para resistir la imposición de la voluntad de otro estado, son objeto de la historia porque son incapaces de dirigir su propio destino. Por la propia naturaleza del sistema internacional, donde rige, en cierta forma, una situación que se asemeja al estado de naturaleza, los estados con poder tienden a constituirse en estados lideres o a transformarse en estados subordinantes y, por lógica consecuencia, los estados desprovistos de los atributos del poder suficiente para mantener su autonomía tienden a devenir en Estados vasallos o estados subordinados, más allá de que logren conservar los aspectos formales de la soberanía. En esos estados, cuando son estados democráticos, las grandes decisiones se toman de espaldas a la mayoría de su población y, casi siempre, fuera de su territorio. Los estados democráticos subordinados, poseen una democracia de baja intensidad.  Lógicamente existen grados en la relación de subordinación, que es una relación dinámica y no estática. Es importante no confundir el concepto de interdependencia económica con el concepto de subordinación. Los Estados Unidos dependen del petróleo saudita  pero no están subordinados a Arabia Saudita. En cambio Arabia Saudita, de la cual Estados Unidos depende en gran medida para su abastecimiento de petróleo, esta subordinada a los Estados Unidos al punto tal que siendo la monarquía saudita el guardián de los lugares santos del Islam, se vio obligada, cuando Estados Unidos lo requirió, a permitir en el suelo sagrado del Islam -vedado por mandato religioso a todo ejército extranjero-  la presencia masiva del ejército norteamericano. La interdependencia económica no altera la división fundamental del sistema internacional en estados subordinantes y estados subordinados.

El poder como medida de todas las cosas

 El poder ha sido y es, la condición necesaria para atemperar, neutralizar o evitar la subordinación política y la explotación económica. El poder es, para toda unidad política, desde las ciudades estados griegas hasta los estados nacionales del mundo moderno, la condición sine qua non para garantizar la seguridad y neutralizar la codicia. La riqueza de los estados que no tienen poder, es siempre, transitoria, tiende a ser efímera. Porque la riqueza de algunas naciones suele despertar en otras  el deseo vehemente de poseer los bienes ajenos. Deseo que lleva al robo, al hurto, y a la estafa. Es decir a sufrir la subordinación militar, la subordinación económica o la subordinación ideológica-cultural, que constituye la forma más perfecta para subordinar a un estado porque se trata de una estafa ideológica, de un engaño o ardid – construido a través de la ideología – para obtener las riquezas de un estado y su subordinación política pacífica sin que este se percate de tal situación.

Lamentablemente, la primacía del Derecho Internacional es, y lo será por un largo período histórico, una hermosa utopía inalcanzable. La tercera etapa de la globalización nacida con los grandes descubrimientos marítimos  no altera la hipótesis sobre la que reposan conceptualmente las relaciones internacionales que, como sostenía Raymond Aron, está dada por el hecho de que las unidades políticas se esfuerzan en imponerse unas a otras su voluntad. La política internacional, sostenía Aron, comporta siempre un choque de voluntades –voluntad para imponer o para no dejarse imponer la voluntad del otro- porque está constituida por Estados que pretenden determinarse libremente.[3]

En última instancia dado que, como sostenía Raymond Aron, en la relación entre los estados cada uno guarda  y reivindica el derecho de hacer justicia por sus propias manos y el derecho de decidir si desea o no combatir, rige la lógica descripta por Hegel de cómo nacen los amos y los siervos. En su “Fenomenología del Espíritu”, Hegel describe como nacen, el Señor y el Siervo. Los hombres quieren ser libres, no estar constreñidos a vivir según las imposiciones de otros. Por eso, se confrontan entre sí, en una lucha mortal. Mortal literalmente. Porque vence, solamente, aquel que está dispuesto a morir por la libertad. Quien tiene miedo y busca  asegurarse la supervivencia física, se retira, y deja el campo de batalla a merced del “otro” que deviene, de este modo, en el “Señor” y él, en su “Siervo”.

El razonamiento hegeliano puede ser aplicado, por analogía, al escenario internacional aunque, ciertamente, deba ser matizado, dado que el enfrentamiento mortal sólo se produce en una limitada serie de instantes decisivos de la historia. En el escenario internacional existen señores y siervos. Estados subordinantes y estados subordinados. Y para el ejercicio de su dominio, los estados subordinantes utilizan tanto el poder militar, como el poder económico, como el poder cultural. A modo de ejemplo digamos que, la guerra por la independencia, protagonizada por las trece colonias contra Inglaterra, fue uno de esos instantes decisivos de la historia donde la sentencia de Hegel resulta inapelable, donde se ve claramente que sólo aquellos sujetos (hombres o estados), que están dispuestos a morir por su libertad, pueden ser libres. Sin embargo, esa libertad que las trece colonias conquistaron en el campo de batalla tuvieron que afianzarla tanto económica como culturalmente.

Para un estado periférico, el querer decidir sobre su propio destino implica, siempre, una tensión dialéctica entre el temor a las sanciones que pueda recibir  y el deseo de alcanzar la libertad – entendida como la máxima capacidad de autonomía posible que es capaz de conquistar. El temor conduce al realismo colaboracionista o claudicante, por el cual el Estado abdica de la capacidad de conducir su destino, se coloca en una situación de subordinación pasiva, atando su suerte a la buena voluntad del estado subordinante. El deseo de alcanzar la capacidad de dirigir su propio destino lleva al realismo liberacionista, por el cual el Estado, partiendo de la situación real, es decir el estado de subordinación, se decide a transformar la realidad para iniciar un proceso histórico en el transcurso del cual buscará  dotarse de los elementos de poder necesarios para alcanzar la autonomía. En ese proceso de construcción de la autonomía el primer estadio es el de la “subordinación activa”.

Las reglas de juego del sistema internacional

Afirmar que, en el escenario internacional, el poder es la medida de todas las cosas, no implica postular la ausencia de límites como un ideal y una regla de conducta para los Estados, ni desconocer la importancia de la moral internacional, la opinión pública internacional, y del Derecho Internacional como limitaciones del poder de los Estados, sino más bien partir de una lectura realista de  las reglas de juego de la interacción entre los Estados.

En el sistema internacional la ley no escrita es tanto o más importante que la ley escrita. El sistema tiende siempre a ordenarse, inevitablemente, a partir del interés de las grandes potencias, es decir de los estados que más poder tienen[4]. Si bien es cierto que, el peso de la opinión publica nacional e internacional -inspirada ahora por el principio de la igualdad jurídica de los estados y el respeto de los derechos humanos- impone ciertas restricciones a la acción internacional descarnada de los estados más poderosos es cierto, también, que existen prioridades absolutas vinculadas a los intereses vitales de las grandes potencias que están más allá de toda consideración de justicia ideal y abstracta. Como lo demuestran numerosos ejemplos históricos, cuando están en juego los intereses vitales de las grandes potencias el principio de la igualdad jurídica de los estados se transforma en una ficción que apenas sirve a fines decorativos. Las grandes potencias tienden a imponer en sus respectivas áreas de influencia -o en la periferia en su conjunto cuando existe consenso entre ellas- determinadas reglas de juego, reglas inspiradas en sus intereses vitales muchas veces convenientemente camuflados de principios éticos y jurídicos. Va de suyo que los momentos en que las grandes potencias se encuentran enfrentadas son los momentos históricos óptimos para que un estado ubicado en la periferia del sistema intente consolidar su poder nacional y alcanzar el máximo de autonomía posible. Las trece colonias como territorios coloniales dependientes pudieron alcanzar la independencia gracias a que Francia y España estaban enfrentadas a Inglaterra.[5] El proceso de industrialización en Argentina y Brasil, indispensable para que estos países dieran el primer paso para conquistar su autonomía nacional, se vio facilitado por el enfrentamiento bélico producido entre 1939 y 1945, en el centro hegemónico del poder mundial.

¿Cómo comprender la naturaleza del sistema y sus reglas de juego?

Ahora bien ¿cómo se llega a comprender la naturaleza del Sistema Internacional y las reglas de juego no explícitas a través de las cuales los estados más poderosos intentan ordenar el sistema?

Karl von Clausewitz, en quien tanto se inspirara Raymond Aron para escribir su monumental obra “Paix et guerre entre les nations”, nos proporciona un principio fundamental para tal fin al sostener que: “Sería un error incontestable querer servirse de los componentes químicos de un grano de trigo para estudiar la forma de la espiga: basta con ir a los campos para ver las espigas ya formadas. La investigación y la observación, la filosofía y la experiencia no deben despreciarse ni excluirse jamás mutuamente: ellas se garantizan entre sí.”[6]

Resulta evidente que el primer paso para la comprensión del sistema y la elaboración de una metodología y una Teoría de las Relaciones Internacionales  no puede partir sino, de la observación de la realidad. Hoy, como en los tiempos de la Roma imperial, sigue siendo válido el  apotegma del gran historiador griego Polibio de Megalópolis quien, a través de su esfuerzo para crear un sistema conceptual útil para comprender cierto aspecto de la realidad  política, fue uno de los primeros en clarificar que: “…cualquier disquisición o elaboración teórica debe ser hecha a partir de la observación atenta de la realidad, y será, esta última, la que le de la categoría de ser asumida o rechazada.” [7]

Haciendo una lectura de las acciones políticas llevadas a cabo por las grandes potencias es posible comenzar a armar el rompecabezas de la situación mundial. Sin embargo el “presente”- es decir el escenario internacional, las acciones de los estados, sus respectivas estrategias políticas, económicas e ideológicas y la propia arquitectura interna del sistema- no se entiende con el mero análisis de la actualidad o con la simple acumulación de crónicas sobre el presente. Es aquí cuando entra en juego la historia porque es a través del estudio histórico profundo que podemos aproximarnos al conocimiento de la real naturaleza del poder mundial. Por eso, nuestro método va del análisis del “estar” -la forma coyuntural del fenómeno político internacional-  al análisis del “ser” -la sustancia concreta del mismo- para, volviendo al “estar”, vislumbrar el devenir. Desde el “hoy” del sistema internacional (o desde el hoy del estado cuyo comportamiento se analiza), a su pasado más reciente y más remoto –su “ser”-  y siguiendo, en ese sentido, a Alberto Methol Ferré, se puede afirmar que, para entender el presente y proyectar hipótesis sobre el futuro, es necesario realizar“… un viaje hacia las fuentes de las que surgen los fenómenos que hoy vemos, para volver al presente llevando un mejor bagaje de hipótesis explicativas con las que de nuevo partir para indagar el futuro. Presente-pasado-presente-futuro: si se pudiera  graficar nuestro método –afirma Methol Ferré-, estas serían sus coordenadas.”[8]

Reflexionando sobre la importancia del conocimiento histórico y del método histórico para el conocimiento de los fenómenos políticos y el estudio de las Relaciones Internacionales, Luiz Alberto Moniz Bandeira afirma que: “Difícilmente pueda comprenderse la política exterior y las relaciones internacionales de un país sin situarlas en su historicidad concreta, en sus conexiones mediatas, en su condiciones esenciales y en su continua mutación. El pasado –no el pasado muerto sino el vivo- constituye la sustancia real del presente, que no es nada más que un permanente devenir.”[9]

Stanley Hoffmann en su brillante estudio “Essays in the Theory and Practice of International Politic” advierte claramente que, una de las características  problemáticas que afligen a las Relaciones Internacionales -íntimamente ligada no a la naturaleza de las mismas, sino al hecho de que la disciplina nació en los Estados Unidos y tiene, todavía, allí su principal residencia – consiste en el exagerado acento puesto sobre el presente, en la preponderancia de los estudios que tratan tan solo el presente nudo.[10] Según Hoffmann, este error de los estudiosos norteamericanos-  que constituye una debilidad muy seria de las Relaciones Internacionales en tanto  disciplina de estudio, y que conduce a una verdadera deficiencia en la comprensión del sistema internacional del presente- se repite fuera de los Estados Unidos porque los expertos de los otros países tienden a reflejar, “…más o menos servilmente y con algún retraso, las modas norteamericanas.”[11]

Cuando se hace hincapié en la importancia del conocimiento histórico, para las relaciones internacionales como disciplina de estudio, es preciso advertir que, solamente se puede comprender la realidad de una época en la totalidad de su proceso y que: “…el conocimiento del proceso histórico exige, pues, la comprensión de los fenómenos en el contexto de la época, ligados a la estructuras de la sociedad en que sucedieron, develando los nexos de causalidad, sin recurrir a una abstracta conceptualización de valores, ajena a la realidad de aquel tiempo. No se puede juzgar una época según los valores políticos y morales generados en épocas posteriores.”[12]

Entendemos, por consecuencia, al conocimiento histórico como fundamental para la comprensión del hoy y la previsión de las corrientes de poder del mañana porque el pasado, como sustancia real del presente, modela el devenir. Para Hans Morgenthau: “…dibujar el curso de esa corriente (de poder) y de los diferentes afluentes que la componen, y prever los cambios de dirección y velocidad, es la tarea ideal del observador de la política internacional.” [13]

Los estados, protagonistas principales del escenario internacional, adquieren un carácter específico, según las circunstancias en que se formaron y desarrollaron. La impronta recibida por los estados, en su etapa fundacional, modela, en cierta forma, su comportamiento posterior en el escenario internacional. Así, “…la tendencia al mesianismo nacional, acentuada en el pueblo estadounidense por la creencia de ser el elegido de Dios, generó la idea de que el destino manifiesto de Estados Unidos consistía en expandir por todo el hemisferio no solo sus fronteras territoriales, sino también las económicas. Y esa idea, ese der Geist des Volkes, condensó y condujo toda su historia.”[14] Como acertadamente sostiene Moniz Bandeira no se puede comprender lo que son los Estados Unidos, Argentina, Brasil, Uruguay, así como cualquier otro estado, sin conocer profundamente su pasado, sus orígenes y cómo evolucionaron a lo largo de los siglos: “Los médicos, para diagnosticar una enfermedad, generalmente buscan conocer la historia personal y los antecedentes familiares del paciente. El conocimiento de lo que un individuo es o puede hacer, su capacidad y su vocación, se obtienen del modo como actuó o de lo que produjo a lo largo de su vida, o sea, a través de su curriculum vitae o del prontuario policial. Por lo tanto, la comprensión de un fenómeno político o de la política de un Estado pasa por el conocimiento de la historia, pues, si nada es absolutamente cierto, tampoco, nada es absolutamente contingente, casual.”[15]

Estado, cultura y poder

Aun admitiendo que los estados reflejan necesidades inmediatas de organizar el proceso productivo -y que pudiesen funcionar, bajo determinadas circunstancias como instrumentos de dominación de clase- sería cierto, también, que los estados expresan -siempre que no se encuentren en relación de subordinación, formal o informal, de otro estado, lo cual actuaría de elemento inhibidor- la cultura de sus pueblos (religión, arte, filosofía) que, en términos hegelianos, puede definirse como el “espíritu objetivo” como unidad de conciencia y de objeto. “Espíritu objetivo” que no puede expresarse cuando existe una situación de subordinación porque las estructuras de conducción del estado están ocupadas por una burocracia política corrompida (tal fue el caso del menemismo en Argentina), o por una elite que, subordinada ideológicamente, expresa la cultura de otro pueblo y es funcional a las necesidades políticas y económicas del estado extranjero que la ha cooptado.

 En los países  periféricos, los estados sólo representan la cultura de sus pueblos cuando se hallan en los estadios que Juan Carlos Puig denominaba como “dependencia nacional o autonomía” (que en los términos de este autor puede ser, ora “heterodoxa”, ora “secesionista”), es decir, cuando las elites que conducen el estado no se resignan pasivamente a la situación de subordinación, e intentan la construcción de un proyecto nacional de poder.[16]

Es decir, cuando las elites que toman en sus manos la conducción del estado, optan por el camino del “realismo liberacionista.”

Los estados que han sido subordinados ideológicamente -a través de lo que Morgenthau denominaba “imperialismo cultural” y Joseph Nye “poder blando”-  no expresan la cultura de sus pueblos ni persiguen, en el escenario internacional, la búsqueda de sus intereses nacionales. Hecha esta salvedad, coincidimos con Moniz Bandeira cuando sostiene que los Estados llamados nacionales surgieron y se formaron en determinadas circunstancias históricas, y que, fundamentalmente, “…se  comportan según la tradición y la herencia sedimentadas en la cultura de los pueblos respectivos, a los cuales ellos políticamente organizan y representan. Su contenido real, como lo definió Hegel, es el propio espíritu del pueblo (der Geist des Volkes), o sea, su cultura, y ese espíritu los anima en especiales oportunidades, como las guerras, por ejemplo. Los estados son lo que revelan sus acciones.”[17]

 Es justamente en el análisis de las acciones llevadas a cabo por los estados, como enseñara Polibio, que es preciso, siempre, distinguir los pretextos, las excusas y las causas inmediatas, de las verdaderas. Las primeras son fácilmente perceptibles, y normalmente son las que se esgrimen en el debate político y diplomático; las segundas únicamente se captan a través de la investigación rigurosa, lógica y metódica. Por ello, “…el estudio de las causas se erige en un tema crucial dentro de la metodología polibiana. Estas, nunca son abstractas, sino deducibles de los hechos mismos, hasta el punto de que causas y hechos son las dos caras de una misma moneda: el suceder histórico.”[18]

Estudiar el sistema en su conjunto

Otras de las enseñanzas que puede extraerse de Polibio, para el estudio de la Política Internacional o para la elaboración de una Teoría de las Relaciones Internacionales, consiste en la necesidad de estudiar el sistema en su conjunto. Según Polibio, resulta imposible alcanzar una visión del conjunto, comprender  la naturaleza del sistema y la acción particular misma de los actores, a través de la mera acumulación de estudios  monográficos especializados, pues estos no son más que “un follaje” que, al agitarse, impide ver el bosque. Al respecto Polibio sostenía que: “En general los que están convencidos realmente de que a través de las historias monográficas tienen una adecuada visión del conjunto, creo que sufren algo parecido a los que han contemplado esparcidas las partes de un cuerpo antes dotado de vida y de belleza, y ahora juzgan que han sido testigos oculares suficientes de su vigor, de su vida y de su hermosura. Pero si alguien recompusiera de golpe el cuerpo vivo y consiguiera devolverle su integridad, con la forma y el bienestar de su espíritu, y luego, ya conseguido esto, mostrara de nuevo el cuerpo a aquellos mismos, estoy seguro de que todos confesarían al punto que antes habían quedado muy lejos de la verdad, y que habían sido parecidos a los que sufren visiones de sueños. Es verdad que la parte puede ofrecer una cierta idea del todo, pero es imposible que proporcione un conocimiento exhaustivo y un juicio exacto. Por eso hay que considerar que los estudios monográficos aportan poca cosa al conocimiento y al establecimiento de hechos generales.”[19]

El proceso histórico

Los estados son, es decir, desarrollan su existencia dentro de un proceso histórico que los abarca y contiene pero, que al mismo tiempo ellos contribuyen a conformar. Proceso histórico impulsado, según San Agustín o Hegel, por fuerzas trascendentes o por una dialéctica interna según Marx. La discusión sobre si el proceso histórico obedece a impulsos de fuerzas trascendentes, a una dialéctica interna inmanente o si es producto de una fuerza trascendente que actúa dialécticamente excede, lógicamente, los límites de esta obra. Sin embargo, resulta interesante destacar para finalizar el análisis de la importancia de la historia para el estudio de las Relaciones Internacionales, las reflexiones de Helio Jaguaribe que, al respecto de la discusión antes mencionada, sostiene que la dialéctica interna, “… se derivó no sólo de la lucha de clases, como lo sugirió Marx, sino de todos los motivos e impulsos que mueven a los hombres a perseguir sus objetivos, desde la simple necesidad de buscar su propia subsistencia hasta un propósito más idealista, como el de Juana de Arco o Fidel Castro. En sus actividades humanas, además de su propia voluntad, se ven sometidos a las circunstancias de su medio material y cultural, y –como sabiamente observó Polibio- al juego arbitrario del azar”[20] ¿No puede por analogía, nos preguntamos, decirse lo mismo de las actividades desarrolladas por los estados en el escenario internacional?

“Por consiguiente, el proceso histórico se ve sometido a un cuádruple  régimen de causalidad, determinado por factores reales e ideales, el azar y la libertad humana. Los factores reales abarcan todas las condiciones naturales y materiales que rodean al hombre. Los factores ideales contienen la cultura de una sociedad en un momento determinado de la historia y la cultura de las sociedades con las que interactúa. El azar es la manera aleatoria en que, en un espacio y un tiempo dados, se combinan todos los actores para afectar a un actor determinado. Los dos primeros factores (el real y el ideal) son de carácter estructural. Forman el medio objetivo dentro del cual ocurren las acciones humanas. Los dos factores últimos (azar y libertad) son de carácter coyuntural: los hechos humanos ejercen su libertad dentro de un contexto dado por los factores reales y los ideales, según la configuración última de las circunstancias resultantes del azar.”[21]

 El Estado sigue siendo el actor central

No faltan argumentos para defender la causa de la decadencia de los Estados nacionales y de la difuminación de las fronteras. En la hora presente los fenómenos transnacionales, las religiones, los partidos ideológicos, las multinacionales, las organizaciones no gubernamentales, las modas, las transformación de las costumbres, cruzan las fronteras y escapan, en cierta medida, a la autoridad y el control de los estados. Por otra parte, es indiscutible que los Estados nacionales comparten el Escenario Internacional con otros actores no gubernamentales y que, estos nuevos actores, poseen más poder y participan, aunque de forma indirecta, en el juego de la Política Internacional en mejores condiciones que muchos estados nacionales. Sin embargo, es preciso advertir que, desde las universidades de los países centrales, algunos analistas insisten, “desinteresadamente”, en que el papel de los Estados es cada vez más reducido en el Escenario Internacional y que éstos, estarían siendo rápidamente sustituidos por empresas multinacionales, transnacionales, que eliminarían, en la práctica, las fronteras y que desconocerían las legislaciones y políticas nacionales de cualquier estado. Esta teoría errónea, elaborada en los centros de poder, como maniobra de distracción, para que las fuerzas políticas y sociales de los países periféricos no se dediquen a fortalecer sus respectivos estados nacionales y se embarquen en estériles luchas globalistas tiene, sin embargo, un contenido de verdad. Es cierto que desde los orígenes mismos del Sistema Internacional, junto a los Estados, han existido otros actores internacionales de gran importancia -baste mencionar como ejemplo a la liga de banqueros alemanes, encabezadas por los Fugger y los Welser que posibilitaron que Carlos I de España se transformara en Carlos V de Alemania- sin embargo, los interesados puntos de vista que hablan de la desaparición del Estado, como sostiene Samuel Pinheiro Guimaraes,“… no toman en cuenta que los intereses económicos de las grandes empresas siempre han estado vinculados a los Estados de una forma u otra, desde el Comité de  los 21 de la República Holandesa hasta las grandes compañías inglesas de comercio y a las corporaciones transnacionales  norteamericanas de hoy. Sin embargo, las megaempresas actuales no tienen cómo transformarse en organismos legislativos y sancionadores legítimos, o sea aceptados por la sociedad, que serán siempre indispensables mientras haya competencia y conflictos entre empresas, grupos sociales, étnicos y religiosos, etc. Las principales funciones del Estado  -además de la defensa del territorio y de su soberanía- son: legislar, o sea, crear normas de conducta; sancionar, o sea condenar a los violadores de dichas normas; dirimir conflictos sobre su interpretación; y, finalmente, defender los intereses de sus nacionales y de sus empresas cuando éstas se encuentran bajo jurisdicción extranjera. Estas funciones estatales son radicalmente distintas de las funciones de las empresas, que consisten en producir y distribuir bienes de forma privada, a partir del mercado.”[22]

Estructuras hegemónicas

Cuando afirmamos que las megaempresas son actores secundarios de las relaciones internacionales y que, comúnmente, necesitan de los estados para actuar, no desconocemos que las megaempresas, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, así como otras agencias internacionales con distinto grado de autonomía, integran un sistema de subordinación cuya realidad sufren a diarios los estados periféricos. Por ello creemos que, el concepto de “estructuras hegemónicas de poder”, elaborado por Samuel Pinheiro Guimaraes, es el más apropiado para abarcar los complejos mecanismos de subordinación que existen en el sistema internacional. Las estructuras hegemónicas son el resultado de un proceso histórico, nacen conjuntamente con el sistema internacional durante el período histórico de la primera ola de la globalización que se inició con los descubrimientos marítimos impulsados por Portugal y Castilla y cuyos protagonistas principales fueron, entre otros, Enrique el Navegante, Vasco da Gama, Cristóbal Colón, Hernando de Magallanes y Sebastián Elcano. Es,  precisamente a partir de 1492, que se inicia el proceso de subordinación del mundo extra-europeo. Este proceso se desarrolló en tres fases. La primera fase, consistió en la subordinación del continente americano. La segunda fase, gravitó en la subordinación del Asia, cuyos hitos principales, por su importancia estratégico- económica, fueron la subordinación de la India y de China. La tercera fase, por fin, consistió en la subordinación de los países islámicos y del África sub-sahariana.

 El concepto de “Estructura hegemónica de poder”,  definido por Samuel Pinheiro Guimaraes, da cuenta de que el escenario y la dinámica internacionales, en que actúan los Estados Periféricos se organiza en torno de Estructuras Hegemónicas de poder político y económico, cuyo núcleo está formado por los Estados centrales. Dichas estructuras, son el resultado de un proceso histórico. Las mismas, favorecen a los países que las integran y tienen, como objetivo principal, su propia perpetuación. Así, el concepto de “estructuras hegemónicas”, incluye, para Guimaraes, “…vínculos de interés y derecho, organizaciones internacionales, múltiples actores públicos y privados, la posibilidad de incorporación de nuevos participantes, y la elaboración permanente de normas de conducta, pero en el núcleo de estas estructuras están siempre los Estados nacionales. Las estructuras hegemónicas tienen origen, en la expansión económica y política de Europa, que se inicia con la formación de los grandes Estados nacionales. En España, con la conquista de Granada y la expulsión de los moros (1492). En Francia, con el fin de la Guerra de los Cien Años (1453), la expulsión de los ingleses, y la creación, por Enrique IV, del Estado unitario; Y, en Inglaterra, a partir de la reina Isabel I (1558-1603). La expansión europea, se acelera con el ciclo de los descubrimientos, después de la caída de Constantinopla (1453), que intensifica la búsqueda de la ruta marítima hacia Oriente y la consecuente expansión mercantil y acumulación de riquezas con la conformación de los imperios coloniales a partir de Cortés (1521) y de Pizarro (1533) y en Brasil, a partir de la caña de azúcar en Pernambuco.  La Revolución tecnológica, militar e industrial de los siglos XVIII y XIX, con la máquina de vapor, consolida la supremacía europea en el escenario internacional.

La dinámica de los ciclos de acumulación capitalista y de las relaciones entre el gran capital privado  y el Estado y entre tecnología, fuerzas armadas y sociedad, explica, en gran parte, los procesos de formación de las estructuras hegemónicas de poder. Esos procesos pasaron, entre 1917 y 1989, por una fase crucial de disputa con el modelo socialista alternativo de organización de la sociedad y el Estado, interrumpida de 1939 a 1946, por el conflicto, surgido en el interior de las propias estructuras, con los Estados contestatarios, Alemania, Japón e Italia (1939-1946.)

Al superarse esa fase crucial, las estructuras hegemónicas han tratado de consolidar su extraordinaria victoria ideológica, política y económica mediante la expansión de su influencia y acción en todo el mundo, especialmente sobre los territorios que estuvieron hasta hace poco tiempo antes, bajo la organización socialista y sobre aquellos territorios de la periferia a los cuales ellas habían permitido tácticamente desvíos de organización económica y política en el periodo más intransigente de la disputa con el modelo socialista alternativo.” [23]

Siguiendo pues, a Pinheiro Guimaraes, podemos afirmar que las estructuras hegemónicas generan las grandes tendencias del escenario internacional y el escenario internacional mismo. Estas tendencias son, a su vez, aquellas que, luego, influyen sobre las mismas estructuras hegemónicas en un proceso dinámico de múltiples vinculaciones en los distintos niveles de actividad de las sociedades y los Estados. Si en el núcleo de las estructuras hegemónicas están siempre los Estados Nacionales, en el centro del núcleo, se encuentran las Grandes Potencias. En la primera ola globalizante, el liderazgo de las estructuras hegemónicas fue conducido por España y desafiado por Inglaterra la cual, a su vez, lideró la segunda fase de la globalización. Por su parte, el liderazgo inglés fue desafiado, primero por Francia y luego, por Alemania. Hoy, en la tercera etapa de la globalización, el liderazgo es ejercido por  Estados Unidos, un “estado continente” convertido en Superpotencia y único estado, dentro de las grandes potencias, cuyos intereses económicos, políticos y militares abarcan todas las áreas de la superficie terrestre. Este liderazgo – hoy indiscutido – será, muy posiblemente, desafiado por el emergente poder chino.

La doble subordinación

Como estrategia de preservación y expansión de poder, las estructuras hegemónicas llevan adelante, según Samuel Pinheiro Guimaraes, cuatro estrategias fundamentales:

1) La División Interna y la Fragmentación Territorial de los Estados periféricos.

2) La Generación de Ideologías, es decir, la elaboración de conceptos, visiones del mundo y situaciones específicas.

3) La Formación de Elites, es decir, la conformación, en los países de la periferia, de elites y de cuadros políticos locales, admiradores de las estructuras hegemónicas de poder y de las ideologías por éstas producidas.

4) La Difusión Ideológica de las ideas generadas en el Centro de las estructuras hegemónicas de poder que tiene, como objetivo, la difusión del modo de vida y de pensar de las sociedades que integran el centro de las estructuras hegemónicas de poder.

Lógicamente que, en aras de alcanzar el objetivo de su propia perpetuación a través del tiempo, las Estructuras Hegemónicas de Poder mundial buscan siempre, afianzar o profundizar, la subordinación de los Estados periféricos. Es preciso destacar que el proceso de subordinación es un proceso permanente dado que la subordinación de la periferia es la condición necesaria para la subsistencia misma de las Estructuras Hegemónicas de Poder.

A su vez, las Estructuras Hegemónicas de Poder que, normalmente se muestran nula o escasamente flexibles a la  aceptación, dentro de su seno, de nuevos participantes, son por el contrario, abiertamente pragmáticas como para permitir acceder a él a los raros Estados periféricos que logran construir un poder nacional tal que impida seguir tratándolos como “objetos” del Sistema Internacional, aceptando que éstos  han acumulado un quantum de poder tal que hace necesario aceptarlos como integrantes nuevos de esas Estructuras.  Este fue, sin dudas el caso que permitió que se incorporaran con éxito, por ejemplo, en el siglo XIX, los Estados Unidos, luego de su Guerra Civil y  la Alemania de Bismark. Países que luego, se disputarían, la conducción misma de las estructuras hegemónicas de poder.

Más contemporáneamente la China de fines del Siglo XX y principios del XXI y, en menor medida, la India contemporánea, son ejemplos de Estados periféricos que golpean las puertas de las estructuras hegemónicas con repiquetear cada vez más fuerte. El tiempo por venir, dirá a quienes correspondió el éxito y quienes el fracaso, en sus respectivos intentos.

En consecuencia, cuando afirmamos que las Estructura Hegemónicas de Poder están conformadas por una red de vínculos de interés y derecho que liga entre sí a múltiples actores públicos y privados, cuya actividad tiende a la permanente elaboración de normas de conducta que van a conformar lo que se denomina como “orden internacional”, estamos afirmando, también, que en el núcleo de estas estructuras están siempre las grandes potencias. Por eso, es preciso puntualizar, siguiendo nuevamente el pensamiento de Samuel Pinheiro Guimaraes, que las grandes potencias son también concientes  – y por eso concuerdan con el resto de los integrantes de la estructura de poder mundial- que la realización del potencial, en términos de poder, de los Estados periféricos, alteraría la correlación de fuerzas a nivel regional y mundial, en detrimento suyo. Por lógica consecuencia, el objetivo de las grandes potencias en relación con los Estados periféricos  consiste en: “… garantizar que su desarrollo político, militar y económico no afecte sus intereses locales, regionales y mundiales. Así procuran, inicialmente, a través de los medios masivos  y de programas de formación de las futuras elites, convencer a la población y cooptar a las elites para un proyecto de comunidad internacional en el que esos grandes Estados de la periferia (incluido Brasil) se contenten con una posición subordinada y en el que se mantengan los privilegios de que gozan los intereses comerciales, financieros y de inversiones extranjeras en esos Estados periféricos.”[24]

Por ello, nos es posible afirmar, desde nuestro propio desarrollo de estas ideas,  que: los Estados periféricos están sujetos a una “doble subordinación”:

Una “subordinación general” a las Estructura Hegemónicas de Poder mundial de la que habla Pinheiro Guimaraes, y , por otra parte, a una  “subordinación específica” que los somete al dominio de la potencia bajo cuya “área de influencia”, se encuentren.

 La subordinación ideológico-cultural como estrategia principal.

 Tanto las estrategias de generación de ideologías, de formación de elites,.y de difusión ideológica  que llevan a cabo las estructuras de poder hegemónico y las grandes potencias tienen como objetivo fundamental lograr la subordinación ideológico-cultural de los Estados Periféricos. Mediante la subordinación ideológica, los Estados Centrales reemplazan, para el logro de sus objetivos, el uso o amenaza de la fuerza por la seducción y la persuasión. Las políticas destinadas a lograr la subordinación ideológico-cultural, es decir las políticas destinadas a lograr la imposición de los objetivos de un estado por medio de la seducción, han sido denominadas elegantemente por Joseph Nye como “poder blando”. Al respecto afirma el propio Nye: “Hay una forma indirecta de ejercer el poder. Un país puede obtener los resultados que prefiere en la política mundial porque otros países quieren seguirlo o han accedido a un sistema que produce tales efectos. En este sentido, es tan importante establecer la agenda y estructurar las situaciones en la política mundial como lo es lograr que los demás cambien en situaciones particulares. Este aspecto del poder  -es decir, lograr que los otros quieran lo que uno quiere- puede denominarse comportamiento indirecto o cooptivo de poder. Está en contraposición con el comportamiento activo de poder de mando consistente en hacer que los demás hagan lo que uno quiere. El poder cooptivo puede descansar en la atracción de  las propias ideas o en la capacidad de plantear la agenda política de tal forma que configure las preferencias que los otros manifiestan. Los padres de adolescentes saben que, si han estructurado las creencias y las preferencias de sus hijos, su poder será más grande y durará más, que si sólo ha descansado en el control activo. De igual manera, los líderes políticos y los filósofos, hace mucho tiempo que han comprendido el poder que surge de plantear la agenda y determinar el marco de un debate. La capacidad de establecer preferencias tiende a estar asociada con recursos intangibles de poder tales como la cultura, la ideología y las instituciones. Esta dimensión puede pensarse como un poder blando, en contraste con el duro poder de mando generalmente asociado con recursos tangibles tales como el poderío militar y económico.[25]

 Los Estados Centrales cuentan, tanto con instrumentos “oficiales”, como con instrumentos “no oficiales” para lograr la subordinación ideológica-cultural de los Estados Periféricos. En términos de Nye, existen“generadores oficiales” – los organismos del Estado- y “generadores no oficiales” –Hollywood, Harvard, la Fundación Bill y Melinda Gates, etc.- de “poder blando”. Dentro de los instrumentos oficiales de “poder blando” Nye menciona entre otros a la diplomacia, las transmisiones por medios de comunicación, los programas de intercambio, la ayuda para el desarrollo, la asistencia en casos de desastres, los contactos entre ejércitos. Para Nye el “poder blando” debe estar dirigido a conseguir la conquista de las mentes y los corazones tanto de las elites, como de las masas populares: “Los estudiantes extranjeros –sostiene Nye- que regresan a su país y llevan consigo ideas estadounidenses aumentan nuestro poder blando, la capacidad de conquistar las mentes y los corazones de otros.”[26]

La subordinación ideológica-cultural es la más sutil y, en caso de llegar a triunfar por sí sola, la más exitosa de las estrategias que las estructuras hegemónicas del poder o las grandes potencias pueden llevar a cabo para la preservación y expansión de su poder. A través de la subordinación ideológico-cultural, las grades potencias no pretenden la conquista de un territorio o el control de la vida económica sino, el control de las “mentes de los hombres” como herramienta para la modificación de las relaciones de poder: “Si se pudiera imaginar –afirma  Hans Morgenthau– la cultura y, más particularmente, la ideología política de un estado A con todos sus objetivos imperialistas concretos en trance de conquistar las mentalidades de todos los ciudadanos que hacen la política de un estado B, observaríamos que el primero de los estados habría logrado una victoria más que completa y habría establecido su dominio sobre una base más sólida que la de cualquier conquistador militar o amo económico. El estado A, no necesitaría amenazar con la fuerza militar o usar presiones económicas para lograr sus fines. Para ello, la subordinación del estado B a su voluntad se habría producido por la persuasión de una cultura superior y por el mayor atractivo de su filosofía política.”[27]

Sobre la importancia que la subordinación cultural ha tenido y tiene para el logro de la imposición de la voluntad de las grandes potencias refiere Zbigniew Brzezinski: “El imperio Británico de ultramar fue adquirido inicialmente mediante una combinación de exploraciones, comercio y conquista. Pero, de una manera más similar a la de sus predecesores romanos o chinos o a la de sus rivales franceses y españoles, su capacidad de permanencia derivó en gran medida de la percepción de la superioridad cultural británica. Esa superioridad no era sólo una cuestión de arrogancia subjetiva por parte de la clase gobernante imperial sino una perspectiva compartida por muchos de los súbditos no británicos …La superioridad cultural, afirmada con éxito y aceptada con calma, tuvo como efecto el de la disminución de la necesidad de depender de grandes fuerzas militares para mantener el poder del centro imperial. Antes de 1914 sólo unos pocos miles de militares y funcionarios británicos controlaban alrededor de 7 millones de kilómetros cuadrados y a casi 400 millones de personas no británicas…( y remarcando la vigencia del concepto de subordinación cultural en el actual escenario internacional continua afirmando Brzezinski)…La dominación cultural ha sido una faceta infravalorada del poder global estadounidense. Piénsese lo que se piense acerca de sus valores estéticos, la cultura de masas estadounidenses  ejerce un atractivo magnético, especialmente sobre la juventud del planeta. Puede que esa atracción se derive de la cualidad hedonística del estilo de vida que proyecta, pero su atractivo global es innegable. Los programas de televisión y las películas estadounidenses representan alrededor de las tres cuartas partes del mercado global. La música popular estadounidense es igualmente dominante, en tanto que las novedades, los hábitos alimenticios e incluso las vestimentas estadounidenses son cada vez más imitados en todo el mundo. La lengua del Internet es el inglés, y una abrumadora proporción de las conversaciones globales a través de ordenadores se origina también en los Estados Unidos, lo que influencia también el contenido de la conversación global. Por último, los Estados Unidos se han convertido en una gran meca para quienes buscan una educación avanzada. Aproximadamente medio millón de estudiantes extranjeros entran cada año en los Estados Unidos y muchos de los mejor preparados nunca vuelven a casa. Es posible encontrar graduados de las universidades estadounidenses en casi todos los gabinetes ministeriales del mundo… A medida que la imitación de los modos de actuar estadounidense se va expandiendo en el mundo, se crean las condiciones más apropiadas para el ejercicio de la hegemonía indirecta y aparentemente consensual de los Estados Unidos…esa hegemonía involucra una compleja estructura de instituciones  y procedimientos interrelacionados que han sido diseñados para generar un consenso y oscurecer las asimetrías en términos de poder e influencia. ”[28]

La subordinación ideológico-cultural produce, en los Estados Subordinados una “superestructura cultural” que forma un verdadero  “techo de cristal” que impide la creación y la expresión del pensamiento antihegemónico y el desarrollo profesional de los intelectuales que expresan ese pensamiento. El uso que aquí damos a la expresión “techo de cristal” apunta a graficar la limitación invisible para el progreso de los intelectuales antihegemónicos, tanto en las instituciones culturales, como en los medios masivos de comunicación.

La vulnerabilidad ideológica

Como ya hemos afirmado la hipótesis sobre la que reposan las relaciones internacionales esta dada por el hecho de que las unidades políticas se esfuerzan en imponerse unas a otras su voluntad. La política internacional comporta siempre una pugna de voluntades. Voluntad para imponer o voluntad para no dejarse imponer la voluntad del otro. Para imponer su voluntad los estados centrales tienden en primera instancia a utilizar el poder blando. El ejercicio del poder blando, de no encontrar una adecuada resistencia por parte del estado receptor, provoca la subordinación ideológica cultural que da como resultado que el estado subordinado sufra de una especie de síndrome de inmunodeficiencia ideológica, por el cual el estado receptor pierde hasta la voluntad de defensa. Podemos afirmar, siguiendo el pensamiento de Hans Morgenthau, que el objetivo ideal o teleológico del poder blando ( en términos de Morgenthau imperialismo cultural) consiste en la conquista de “las mentalidades” de todos los ciudadanos que hacen la política del estado al cual se quiere subordinar. Sin embargo, para algunos pensadores como Juan José Hernández Arregui, la política de subordinación cultural tiene como finalidad ultima no sólo la “conquista de las mentalidades” sino la destrucción misma del “ser nacional” del estado sujeto a la política de subordinación. Y aunque generalmente, reconoce Hernández Arregui, el estado emisor del poder blando (el estado metrópoli en términos de Hernández Arregui) no logra el aniquilamiento del ser nacional del estado receptor, el estado emisor si  logra crear en el estado receptor “…un conjunto orgánico de formas de pensar y de sentir, un mundo-visión extremado y finamente fabricado, que se transforma en actitud ‘normal’ de conceptualización de la realidad…(que) se expresa como una consideración pesimista de la realidad , como un sentimiento generalizado de menorvalía, de falta de seguridad ante lo propio, y en la convicción de que la subordinación del país y su desjerarquización cultural es una predestinación histórica, con su equivalente, la ambigua sensación de la ineptitud congénita del pueblo en que se ha nacido y del que sólo la ayuda extranjera puede redimirlo”. [29]

Preciso es de destacar que, aunque el ejercicio del poder blando por parte  del estado emisor, no logre la subordinación ideológica total del estado receptor puede dañar profundamente la estructura de poder del estado receptor engendrando, mediante el convencimiento ideológico de una parte importante de la población,  una vulnerabilidad ideológica que resulta ser –en tiempos de paz- la más peligrosa y grave de las vulnerabilidades posibles, para el poder nacional, porque al condicionar el proceso de la formación de la visión del mundo, de una parte importante de la ciudadanía y de la elite dirigente, condiciona por lo tanto, la orientación estratégica de la política económica, de la política externa y, lo que es más grave aun, corroe la autoestima de la población, debilitando la moral y el carácter nacional, ingredientes indispensables- como enseñara Hans Morgenthau- del poder nacional necesario para llevar adelante una política tendiente a alcanzar los objetivos del interés nacional. Brillantemente, Samuel Pinheiro Guimaraes, sostiene, refiriéndose al caso brasileño, un concepto que, sin dudas, resulta igualmente aplicable a todos los países de  Latinoamérica:  “La vulnerabilidad ideológica aumentó en los últimos doce años por la erosión de la autoestima del pueblo; por la campaña de descrédito de las instituciones, por la difusión de teorías sobre el ‘fin de las fronteras’  y la globalización caritativa y del consecuente desmoronamiento de los conceptos de nación y país; por la penetración opresiva  en todos los medios masivos del producto ideológico extranjero, desde las películas cinematográficas y la televisión, hasta el espacio conferido en la prensa  a artículos  de ideólogos extranjeros, y, finalmente la idea de que solo hay una salida para Brasil, que es la obediencia a los deseos del ‘mercado’ y a las políticas inducidas’ por el FMI y sus mentores, el Departamento del Tesoro y los megabancos multinacionales. En Brasil, esa vulnerabilidad externa ideológica se agudizó por el ascenso a los puestos de decisión de tecnócratas fundamentalistas ideológicos neoliberales, formados principalmente en las universidades estadounidense, imbuidos, del llamado pensamiento único y de su papel de salvadores de la patria, que impusieron políticas contables, recesivas y de endeudamiento explosivas, sin recelo de sumisión a las agencias extranjeras. La apertura al capital extranjero de los medios de comunicación amplió la posibilidad de influencia externa sobre la formación del imaginario brasileño y sobre la propia cotidianidad  política.” [30]

Además, desnacionalizados los medios de comunicación, aumenta la posibilidad de que estos sean utilizados para instalar debates superfluos que desvíen la atención de la sociedad de los verdaderos problemas esenciales. Esos debates superfluos, instalados en la sociedad como temas centrales, actúan como verdaderas “maniobras de distracción”, a veces, planificadas desde el centro de poder mundial. “Maniobras” ejecutadas con la complicidad, a veces remunerada, a veces inconsciente, de profesionales de la comunicación guiados por el afán del “rating” como medida de todas las cosas.

Pensar desde la periferia para salir de la periferia

Está en nuestro ánimo la absoluta conciencia del momento trascendental que vivimos. No cabe duda de que gran parte del futuro de los países de la América del Sur, depende de los hechos que sean capaces de realizar hoy. Si la historia de la humanidad es una limitada serie de instantes decisivos, no cabe duda de que estamos ante uno de esos momentos. Todavía podemos elegir entre ser simples espectadores o protagonistas de la historia.

En el “juego” de la Política Internacional, existe un poder que surge de plantear la agenda, de determinar el marco del debate y el vocabulario técnico del mismo.En América Latina los líderes políticos, los periodistas especializados y los estudiosos de las Relaciones Internacionales solemos quedar, muy a menudo, atrapados en la agenda, el debate y el vocabulario, producidos por los grandes centros de excelencia académica de los Estados Unidos especializados en Relaciones Internacionales.

Por eso, “pensar” las Relaciones Internacionales desde la periferia sudamericana, implica generar ideas, conceptos, hipótesis y, por cierto, como correlato necesario,  un vocabulario propio. Un vocabulario propio tal que sea capaz de dar cuenta de nuestra propia realidad y de nuestros propios problemas específicos ligados a nuestra particular inserción en el Sistema Internacional.

 


[1] HOFFMANN, Stanley, Jano y Minerva. Ensayos sobre la guerra y la paz, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1991, p. 35.

[2]. Como sostiene Arnold Toynbee – en su libro “La Civilización puesta a prueba” – , los viajes oceánicos de descubrimiento que protagonizaron los marinos de Castilla, Portugal y luego los de Inglaterra, Holanda y Francia, fueron un acontecimiento histórico epocal porque, desde los alrededores del 1500, la humanidad quedó reunida en una única sociedad universal.  A diferencia de Toynbee, aunque coincidiendo, en esencia, con su análisis, en nuestro estudio, siguiendo el criterio de Raymond Aron, no utilizamos el concepto de “Sociedad Internacional o Universal” sino el de “Sistema Internacional”. A nuestro criterio, todos los actores de las relaciones internacionales se insertan o pertenecen en o a, aquello que denominamos “Sistema Internacional”. En tal sentido, todos los actores que integran el sistema, están ligados entre sí por la influencia que cada uno ejerce sobre el otro. En última instancia, una modificación en uno de los actores, no deja de modificar las situación de los demás. Pero, es preciso aclarar, como lo hace Raymond Aron, qué, las influencias recíprocas de los actores que integran el sistema, no son simétricas, sino, asimetrías, dado que, algunos actores ejercen, por sus dimensiones, por su potencia, un poder de “hecho” sobre el conjunto del sistema.

[3]. “Las unidades políticas, orgullosas de su independencia, celosas de su capacidad de tomar ellas mismas las grandes decisiones, son rivales por el hecho mismo que son autónomas. Cada una no puede, en última instancia, contar más que con ella misma. ¿Cuál es entonces el primer objetivo que lógicamente una unidad política puede perseguir? La respuesta nos es dada por Hobbes, en su análisis del estado de naturaleza. Toda unidad política aspira a sobrevivir…cada unidad política ha, como primer objetivo, la seguridad…La seguridad, en un mundo de unidades políticas autónomas, puede estar fundada sobre la debilidad de los rivales o sobre la propia fuerza…La relación entre esos dos términos –seguridad y fuerza- plantea múltiples problemas…Que el hombre individual o colectivamente, quiere sobrevivir, no hay duda alguna. Pero el individuo no subordina todos sus deseos a la sola pasión de vivir. Hay objetivos por los cuales el individuo acepta un riesgo de muerte. Lo mismo acontece con las unidades políticas. Ellas no quieren ser fuertes solamente  para desalentar la agresión y gozar de la paz, ellas quieren ser fuertes para ser temidas, respetadas y admiradas. En último análisis ellas quieren ser poderosas, es decir capaces de imponer su voluntad a los vecinos y a los rivales, de influenciar sobre la suerte de la humanidad, sobre el devenir de la civilización…. Sin embargo, en este nivel de abstracción, la enumeración de objetivos no me parece todavía completa: agregaría un tercer término que yo llamaría la gloria.” ARON, Raymond, Paix et guerre entre les nations (avec une presentation inédite de l’auteur), París, Ed. Calmann-Lévy, 1984, p. 82.

[4] “Los actores principales –afirma Aron- no poseen jamás el sentimiento de estar sometidos al sistema a la manera como una empresa de dimensiones medianas esta sometida a las leyes del mercado. La estructura de los sistemas internacionales es siempre oligopólica. En cada época, los actores principales determinan el sistema más de los que ellos son determinados por el”.ARON, Raymond, Paix et guerre entre les nations, Op.Cit., p.104.

[5] Tres expediciones partieron de los puertos galos (1778,1780 y 1781) para ayudar a la independencia de las trece colonias. La segunda aportó 6000 veteranos franceses a las filas del ejército de Washington. En la última, 22 navíos de guerra componían la escuadra que hizo frente a la armada inglesa. Además, es preciso considerar que en todo momento la ayuda económica proporcionada por Francia fue cuantiosa.

[6]. CLAUSEWITZ, Karl von, De la guerra, Buenos Aires, Ed. Labor, 1994, p. 27.

[7]. ANDREOTTI, Gonzalo Cruz, “Introducción general” a POLIBIO, Historia. Libros I-V, Madrid, Ed. Gredos, 2000, p. 18.

[8]. METHOL FERRE, Alberto y METALLI, Alver, La América Latina del siglo XXI, Buenos Aires, Ed. Edhsa, 2006, p. 12.

[9]. MONIZ BANDEIRA, Luiz Alberto, Argentina, Brasil y Estados Unidos. De la Triple Alianza al MERCOSUR, Buenos Aires, Ed. Norma, 2004, p. 32.

[10].“Los científicos de la política –sostiene Hoffmann- interesados por los asuntos internacionales se han concentrado en la política de la era de posguerra;  y cuando se han dedicado al pasado, con demasiado frecuencia lo han hecho en forma muy resumida, yo diría en estilo de esbozo colegial, o de la manera  denunciada hace ya tiempo por Barrington Moore, Jr., que consiste en alimentar computadoras con datos sacados de su contexto. Esta es una debilidad muy seria. Conduce no sólo a desestimar todo un patrimonio de experiencias pasadas –aquellas de los sistemas imperiales anteriores, de los sistemas de relaciones interestatales fuera de Europa, de la formulación de políticas exteriores en organizaciones políticas internas muy diferentes de las contemporáneas-  sino a una verdadera deficiencia en nuestra comprensión del sistema internacional del presente. Debido a que tenemos una base inadecuada de comparación, estamos tentados a exagerar ya sea una continuidad con un pasado que conocemos mal, o la originalidad radical del presente, según estemos más impactados por las características que juzgamos permanentes, o por aquellas que no creemos que hayan existido antes. Y sin embargo, un examen más riguroso del pasado quizá revele que lo que percibimos como nuevo realmente no lo es, y que algunas de las características tradicionales son mucho más complejas de lo que pensamos. Hay muchas razones para esta imperfección. Una es el temor de volver a caer en la historia: el temor de que si estudiamos el pasado en profundidad, puede que encontremos difícil hacer generalizaciones y en el caso de las categorizaciones, que las hallemos interminables o carentes de sentido, y puede que perdamos el hilo de la ciencia. Una razón que se relaciona con esto es el hecho de que los científicos políticos norteamericanos no reciben entrenamiento suficiente en historia o en lenguas extranjeras, indispensables para trabajar sobre las pasadas relaciones entre estados. Una tercera razón se encuentra en las circunstancias mismas del nacimiento de la ciencia y su desarrollo. En cierta forma, la pregunta clave no ha sido ¿qué debemos saber?, sino ¿qué deberíamos hacer? Sobre los rusos, los chinos, la bomba, los productores de petróleo.”. HOFFMANN, Stanley, Op.Cit., págs. 33 y 34.

[11]. HOFFMANN, Stanley, Op.Cit, p. 25.

[12] .MONIZ BANDEIRA, Luiz Alberto, La formación de los Estados en la cuenca del Plata, Buenos Aires, Grupo Editor Norma, 2006, p. 32.

[13]. MORGENTHAU, Hans, Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1986, p. 193.

[14]. MONIZ BANDEIRA, Luiz Alberto, Argentina Brasil y Estados Unidos. De la Triple Alianza al Mercosur, Op.Cit., p. 33.

[15]. Ibíd., p.32.

[16]. Para un análisis detallado de los conceptos de Dependencia nacional, Autonomía Heterodoxa y Autonomía secesionista, ver PUIG, Juan Carlos, Doctrinas internacionales y autonomía latinoamericana, Caracas, Ed. del Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Univ. Simón Bolívar, 1980.

[17]. Ibíd., p. 32.

[18]. ANDREOTTI, Gonzalo Cruz, Op.Cit., p. XXVIII.

[19]. POLIBIO, Historias, libros I-V, Madrid, Ed. Gredos, 2000, p. 9.

[20]. JAGUARIBE, Helio, Un estudio crítico de la historia, Buenos Aires, Ed. Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 35.

[21]Ibíd. , p. 35

[22]. PINHEIRO GUIMARAES, Samuel, Cinco siglos de periferia. Una contribución al estudio de la política internacional, Buenos Aires, Ed. Prometeo, 2005, p. 28.

[23] . Ibíd.,  p. 30.

[24] . PINHEIRO GUIMARAES, Samuel,

[25]. NYE, Joseph, La naturaleza cambiante del poder norteamericano, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1991, págs. 39 y 40.

[26] . NYE, Joseph, “Política de seducción, no de garrote”, Clarín, Buenos Aires, 11 de septiembre 2006, p. 17.

[27].  MORGENTHAU, Hans, Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1986, p. 86.

[28]. BRZEZINSKI, Zbigniew, El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos. Barcelona, Paidós, 1998., págs 29, 34, 35 y 36.

[29] HERNÁNDEZ ARREGUI, Juan José, Nacionalismo y liberación, Buenos Aires, Ed. Peña Lillo, 2004, p. 140.

[30] . PINHEIRO GUIMARAES, Samuel, “Reflexiones sudamericanas”. Prefacio a MONIZ BANDEIRA, Luiz Alberto, Argentina, Brasil y Estados Unidos. Bs. As. Grupo Editorial Norma, 2004, p. 16.

Marcelo Gullo é Professor de la Universidad de Lanús y Del Instituto del Servicio Exterior de la Nación – ISEN, Argentina (marcelogullo2003@yahoo.com.ar).

 

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