La Integración Latinoamericana: su sumisión a las normas de la economía, por João Bosco Monte

La práctica concreta de la integración en América Latina ha sido económica, de lo que se puede relacionar con el resultado de relaciones comerciales entre economías independientes en el mercado mundial, apoyándose en mayor o menor grado en concepciones liberales para conseguir el desarrollo de actividades económicas.

La formación de zonas comerciales bajo una reglamentación común ya había aparecido en el siglo XIX, en la reunión pan-americana, del año 1889. Sin embargo, es la Comisión Económica para América Latina, CEPAL, que entre las décadas de 1970 y 1980 presentó un proyecto estructurado de integración. A partir de esa época surgirían los Estados y los sistemas de integración regional como los actores-agentes ejecutivos de la Integración, que, interaccionando con los promotores globales, formarían el contexto de la integración subordinada actual, experimentada desde finales de los años ochenta.

La CEPAL inició su trabajo con dos acciones que marcarían historia: primeramente se produjo el estudio de la situación de atraso estructural de la región: el análisis identificó como principal problema la dependencia de productos importados de países industrializados, específicamente de los EEUU. La segunda actividad fue la propuesta de medidas correctivas: aplicación de mecanismos para fortalecer la producción industrial interna y desarrollo del intercambio del comercio regional, vehículo de la inserción en la economía internacional. Nació así la política de sustitución de importaciones, que apuntaba como objetivo fundamental el crecimiento de la estructura productiva hasta alcanzar un alto nivel económico.

El complemento de la política sustitutiva fue crear regiones comerciales en el continente y en el Caribe, entre países de niveles semejantes para facilitar la producción y el intercambio de bienes. La integración regional se consideró, desde luego, un perfeccionamiento teórico de las tendencias a la reciprocidad con la cual el mundo de entonces pretendía paliar los efectos deteriorados de la insolidaridad creciente.

De esa forma, ya es consenso que la integración es considerada una estrategia de los gobiernos latino-americanos para superar el subdesarrollo. La integración, en momentos puntuales de la historia, fue y todavía sigue siendo responsable por el intercambio internacional y la salida para la tensión interna y así hacer frente a las crisis económicas de la producción, de consumo y de intercambio que zozobraron en el interior de los Estados nación.

La integración económica en América Latina envuelve los conceptos de integración “nacional” e “integración internacional” siendo que, en el primero, el Estado es un agente esencial y, en el segundo, las corporaciones tienen el papel eje. El resultado sería un proceso de interacción entre ambos agentes, sin embargo, siendo el objetivo, la libertad de las actividades económicas, la integración lleva implícita la eliminación de obstáculos, la revocación de reservas es un acto de integración económica casi siempre referida a las medidas restrictivas de los Estados.

Podemos decir, partir de esta idea que la integración económica no es conseguida de un golpe y con una envergadura total; es un proceso en lo cual van desarrollándose aquellas medidas para eliminar discriminaciones existentes entre unidades económicas pertenecientes a diferentes estados nacionales.

Surgió  lo que llamamos de primera etapa en la integración económica Latino-americana, cuyo objetivo fue la búsqueda de un subsistema regional que permitiera un mayor grado de interdependencia económica entre los países de la región depender cada vez menos del capital y las determinaciones de los centros industriales.

Las situaciones geopolítica y geoeconómica de América Latina determinan las prácticas integracionistas en cualquiera de sus manifestaciones históricas: el lugar que los Estados y las economías ocupan en la disposición de poder del capitalismo mundial y la dinámica de los grupos en el interior de los Estados latino-americanos.

El concepto de geopolítica – originado en el círculo militar para evaluar las fuerzas del enemigo-, traduce la dinámica de las negociaciones que se establecen entre países debido a la influencia de su ubicación geográfica, el tamaño del territorio nacional y el acceso a ciertos recursos. Estos elementos configuran las estrategias de las naciones en la participación externa, definiendo su papel y desarrollando su poder.

En el mundo globalizado, los criterios de estrategia territorial para apropiarse de los recursos estratégicos, continúan siendo decisivos para la dominación; pero, su control económico, dependiendo directamente de las características del lugar donde se localizan, se combinan con el dominio de las corrientes productivas, comerciales y financieras que hoy se conectan a través de redes tecnológicas y se constituyen componentes de la hegemonía mundial. En esa idea nos basamos para decir que existiría una dimensión también geoeconómica para medir las fuerzas de socios y concurrentes.

Las mutaciones de las relaciones entre los Estados del Norte y los del Sur, ocasionadas con el fin de la bipolaridad parecen disminuir la importancia de los países subdesarrollados, mostrando su incapacidad de influencia y sus posibilidades de integración la las redes mundiales de interdependencia.

A partir de sus respectivas circunstancias geopolíticas y geoeconómicas, América Latina y Estados Unidos han desarrollado una realidad asimétrica; el proceso fue evidenciándose a partir del siglo XVIII y tomando características particulares en los diferentes periodos. Aunque albergue un enorme territorio y recursos naturales imprescindibles para el mercado capitalista, América Latina no consiguió una posición continental fuerte porque las relaciones fueron hechas separadamente por cada nación; la capacidad de consolidar su Estado permitió a los EE.UU., aparte de de crecer geográficamente, desarrollar de forma hegemónica su economía.

Consideramos que la geopolítica y la geoeconomía explican las bases materiales de la subordinación. Pero es la hegemonía que explica las justificaciones de la dominación ideológica. La hegemonía puede definirse considerando algunos elementos como la lucha entre grupos de una sociedad política organizada, buscando prevalecer su visión del mundo y la  obtención de poder. Esta situación de lucha entre sociedad política y civil, ultrapasó la arena en el Estado-nación para el terreno internacional, donde los Estados debilitados, privados de riqueza y principalmente dirigidos por élites engreídas del discurso facilitaron la situación de subordinación hegemónico de los Estados Unidos,.

La historia nos muestra que la interferencia estadounidense en América Latina usualmente se asocia con las intervenciones militares,  presiones diplomáticas y las amenazas económicas. Sin embargo, aunque la idea de monopolio se pueda asociar al uso del poder, como sinónimo de fuerza, autoridad, imposición, lo que se ve es que los Estados Unidos, muestran abiertamente sus intereses, sin necesitar de la injerencia física directa.

El modelo de organización social e internacional de los EE.UU., que el siglo XIX comenzó a expandirse formó paulatinamente una imagen atractiva para las élites de América Latina, que intentaron actuar según sus directrices; las políticas estadounidenses fueron obteniendo una influencia cada vez mayor en las decisiones subregionales. Las invasiones directas de los “yanquis” en los países latino-americanos, que llegó hasta el periodo de la lógica bipolar de lo que se nombró seguridad continental, no fue la única forma de ejercer control en América, la dependencia económica y el poder de su discurso son otras maneras de mantenerla hegemonía, a las veces mucho más eficaces.

En la actual orden mundial las necesidades de las élites latinoamericanas para integrarse al círculo productivo global, validan los principios neoliberales; de nuevo, y con más fuerza, el proyecto neo panamericanista fue aprobado voluntariamente, sin desconsiderar el poder de las sanciones económicas de los organismos financieros, las empresas y la élite económica norteamericana, para imponer los criterios neoliberales. Pero, en los marcos de la competencia por el mercado global, la imposición del neopanamericanismo es también una necesidad norteamericana.

João Bosco Monte é Professor da Universidade de Fortaleza (boscomonte@yahoo.com.br).

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